viernes, 29 de julio de 2011

Capitulo I

Al final de capítulo, están los enlaces para su descarga en distintos formatos...






Las Coreografías del Fin







PRIMERA PARTE

...había elaborado ya las siguientes posibilidades:
        1º. Dios no existe.
        2º. Dios existe y es un canalla.
        3º. Dios existe, pero a veces duerme: sus pesadillas son nuestra existencia.
4º. Dios existe, pero tiene accesos de locura: esos accesos son nuestra existencia.
5º. Dios no es omnipresente, no puede estar en todas partes. A veces está ausente, ¿En otros mundos? ¿En otras cosas?
6º. Dios es un pobre diablo, con un problema demasiado complicado para sus fuerzas. Lucha con la materia como un artista con su obra. Algunas veces, en algún momento logra ser Goya, pero generalmente es un desastre.
7º. Dios fue derrotado antes de la Historia por el Príncipe de las Tinieblas. Y derrotado, convertido en presunto diablo es doblemente desprestigiado, puesto que se le atribuye este universo calamitoso.

Ernesto Sábato.
"Sobre Héroes y Tumbas".













I


La mañana del sábado había transcurrido para Fred sumido en una especie de coma profundo, motivado sin duda por la brutal borrachera del viernes por la noche. Ya en la tarde, la inconsciencia se había convertido en una terrible explosión de dolor que le estallaba dentro de la cabeza; dolor  que los huesos del cráneo aprisionaban dentro, como un cruel carcelero que no dejara escapar los demonios de la noche anterior.
 El dolor era la penitencia.
Dolor que le oprimía el cerebro y le palpitaba en las sienes a cada latido de su corazón; tormento que Fred ya conocía de antiguo y que sabía a ciencia cierta que al día siguiente lo iba a padecer igual; que se le aposentaba justo en la parte donde la cabeza permanecía apoyada en la almohada, como un líquido espeso se deposita poco a poco en el fondo de un vaso.
Decidió levantarse antes de que aquella tortura lo volviera loco y acabase con él. Se incorporó sintiendo cómo una oleada de sangre le subía hasta la cabeza mareándole y obligándole a bajarla rápidamente al sentir como los alfileres agujereaban su cerebro. Fue al cuarto de baño pasando primero por el salón para tomarse cuanto antes dos aspirinas  y un Alka-Seltzer. Caminó hacia el salón todavía con la cabeza gacha, temiéndose lo peor: su madre estaba allí. Se detuvo en la puerta mirándola con los ojos enrojecidos y muertos, esperando la inminente charla:
- ¡Buenas horas son éstas de levantarse! -le espetó nada más verlo.
-¡Bah!... Anda, mamá, prepárame una aspirina, un Nolotil o algo, que tengo un dolor de cabeza de la hostia.
- ¡Un dolor de cabeza de la hostia!... –repitió ella-.  Mucho peor lo tenías que tener, a ver si así aprendes a controlarte bebiendo… ¿Qué?... ¿Viniste otra vez borracho? -preguntó con ese tonillo de suficiencia de quien ya conoce de antemano la respuesta.
- ¡Que sí, mamá!... – asintió él cansinamente - . ¿Me das la aspirina o qué?... Tengo que ir corriendo al váter.
- Anda sí, ve, ve al váter, a ver si sueltas todo lo malo que te tragaste ayer. Y tómate  la pastilla para que te haga efecto antes de comer, que ahora te tirarás allí encerrado una hora.
- Dame también un Alka-Seltzer, anda...
La madre se levantó del amplio sofá con una mano en los riñones y se estiró la falda que  se le había subido por encima de las rodillas. Cogió un lujoso marca-páginas de plata que estaba encima de la mesita del café y lo coló cuidadosamente entre las páginas del libro. Sacó de un cajón las pastillas y estirando un brazo se las soltó a Fred en la mano casi con desprecio.
Después fue a la cocina a recalentarle unos macarrones al chico.
*
Era Encarna Soto, la madre de Fred. Encarna era una mujer en la franja de los cuarenta, que se alejaba considerablemente del estereotipo de la mujer de pueblo de mediana edad: alta y estilizada, de andar severo y distinguido e indudable estilo en el vestir, había sido la comidilla del pueblo desde que a los dieciocho años se quedó preñada siendo aún soltera, (pecado mortal sumamente vergonzoso, en un pueblo de tres mil habitantes en la década de los 80). A partir de ese momento, la vida de Encarna Soto nunca fue fácil aunque a otros les hubiese parecido lo contrario.
A los diecisiete años, la hija de la Rosario fue seleccionada para participar en un concurso de belleza, de ámbito nacional, para representar a su provincia, (cuando todavía me quedaban pájaros en la cabeza, solía decir ella), mientras su madre se desollaba las rodillas fregando suelos para que la niña pudiera pagarse el vestido y el viaje. Al final, lo único que sacó en claro del concurso fue un tremendo desengaño, un intento de abuso de un miembro del jurado y dos moratones en el culo.
 Un año más tarde, la preñó Ángel, el hijo del tabernero: el chico más guapo del pueblo para ella, que era la más guapa de la provincia. Se casaron, como suele decirse, con una mano delante y otra detrás: sin dinero, sin amigos y con las dos familias continuamente recriminándoles. También (por supuesto) fueron objeto de chismorreos por parte de todo el pueblo, que los convirtió en el centro de atención del lugar. Sus vecinos cuchicheaban y les volvían la cara al pasar, o bien se reían por lo  bajo, sin mucho disimulo, conforme a ella se le iba notando más la hinchazón del vientre.
Por eso, Encarna un día se levantó sin fuerzas. Bien mirado no tenía motivos: era muy feliz en su matrimonio y eso debía bastarle, ¿no? Pero no, eso no le bastó. Cuando vio su imagen en el espejo aquella mañana, Encarna se apagó como una bombilla. Había sido guapa y ahora se veía fea; había tenido amigas y ahora la negaban. Sólo tenía dieciocho años, aún cogía de vez en cuando una muñeca como si no quisiera abandonar la infancia, y de repente aquella responsabilidad… Y, además, todos sus sueños que se acababan de golpe.
 Llegó a odiar al ser que llevaba dentro, a ese ser que había deformado su cuerpo y su rostro y le había destrozado la vida. Quería deshacerse de él, deshacerse de sí misma… Y lo intentó. Aquella mañana Encarna saqueó el botiquín de la casa de sus suegros, donde vivían ella y su marido, y extrajo todas las pastillas, una por una, de sus caparazones de plástico; todas las cajas, todas mezcladas, mil colores, que se fue embuchando en pequeños puñados de cuatro o cinco, obligándolas a bajar con agua. Cuando Ángel llegó a casa, se la encontró con la cabeza en un charco de espuma, agitada por fuertes espasmos y los ojos en blanco. No perdió un minuto. Tremendamente asustado, Ángel la tomó en sus brazos y bajó con ella por las escaleras a toda prisa. Encarna no paraba de soltar borbotones de espuma por la boca y su marido reparando en ello le sujetó la cabeza para que no se ahogara. La montó en su viejo coche y se juró a sí mismo que su mujer no moriría. A Encarna la colocó en el asiento trasero en una postura imposible, con la cabeza boca abajo, y el cuerpo recostado todo lo que le dejaba su abultada barriga de parturienta. Fue entonces cuando Encarna rompió aguas. Los nervios de Ángel estaban a mil, maldecía el puto coche, maldecía la puta carretera, maldecía lo lejos que estaba el puto hospital. El coche no corría más, no podía. La carretera parecía interminable; el tiempo, eterno… Encarna empezó a gemir débilmente; los tranquilizantes que ingirió para suicidarse habían causado efecto, aliviándole el dolor. Ángel no podía pensar:
-¡Respira, joder, respira!... -sollozaba-. ¡Respira mecagüendios! ¿Qué has hecho Encarna, qué has hecho?...
El viaje se volvía peligroso. Los reflejos de Ángel empezaban a flaquear debido a la excitación. El coche cada vez tomaba peor las curvas, continuamente se salía derrapando en la cuneta y dejando una gran polvareda a su paso. Se empezó a divisar la ciudad, pero estaba tan lejos…
Su mujer iba a morir, su hijo iba a morir.
El médico no tardó mucho en diagnosticar que la muchacha estaba mal, era de lo más evidente. Por eso, enseguida movilizó a toda una cuadrilla de celadores, enfermeras, comadronas y auxiliares para atenderla. Ángel no quería soltarla, no podía, estaba aferrado a ella. Sus dedos dejaban marcas en la piel de los muslos de Encarna debido a la fuerza con que la cogía, con que intentaba retener su vida, insuflarle la suya… Con su fuerza.
Al final los doctores tuvieron que arrebatársela casi violentamente y la subieron rápidamente al paritorio.
Una vez allí, no se contempló ni siquiera la posibilidad de que Encarna pariera por sus propios medios: era evidente de que no iba a poder, estaba semiconsciente, por lo que en cuanto la subieron le hicieron una cesárea con la que le sacaron al crío y después vino el lavado de estómago que le salvó la vida.
Y así nació Fred: sietemesino y raquítico. En la frontera entre la vida y el no haber vivido. Dos semanas luchando por su vida hasta que por fin lograron también salvarlo y salvarse. Ella estuvo rezando cada día, cada hora, durante todos los segundos del día. Sintiendo esa culpabilidad que no te deja ni dormir ni comer, ni siquiera pensar en dormir o en comer; que te pone lágrimas permanentes deslizándose por las mejillas, que te hace un nudo que impide respirar. Que te mata de pena.
Esa conciencia que no se calla.
Cuando Encarna recibió la noticia de que el niño estaba fuera de peligro, lloró aún con más fuerza. Pero ya no era un llanto melancólico, ahora era un llanto sonoro, casi escandaloso, reía y lloraba a la vez. Se arrojó en los brazos de Ángel, que también lloraba. Incluso al médico que le dio la noticia le costó trabajo no hacerlo, cuando sintió el fuerte abrazo propinado por Encarna, que lo zarandeaba. Luego dijo que lo quería ver, y la pusieron enfrente de la incubadora. Encarna no lo podía creer: aquel niño pequeñísimo, sólo piel, huesos y ojos era suyo, suyo… Y la miraba. La miraba con aquellos ojos que le sobresalían exageradamente del rostro, con aquellos ojos en los que cabían los dos. Sin duda él ya sabía que era su madre. Sabía que ella lo protegería siempre, que moriría por él, que no le faltaría nunca de nada...
El viaje de vuelta a casa volvió a ser en el coche de Ángel. Encarna ya no iba tirada sobre el asiento trasero, sino sentada con su hijo en los brazos. Fue un viaje triste causado por la noticia de que Encarna no podría tener más hijos, se le cayó el mundo encima... Pero se sobrepuso reafirmando aún con más fuerza todas sus intenciones para con el que había tenido.
Lo cristianaron al mes y lo llamaron Alfredo.
Ángel empezó a trabajar de albañil, Encarna en nada. Aunque no estaban muy sobrados de dinero Ángel no se lo permitió. Y el trabajo y la ambición de Ángel pronto fueron dando frutos. Después de una fuerte discusión con el patrón, montó empresa por su cuenta: obras pequeñas que iban creciendo y necesitando de más empleados, cada vez más... Corrió la voz de que eran buenos y baratos, y las obras empezaron a multiplicarse en los pueblos vecinos, hasta que llegaron a copar el mercado de la construcción en la comarca. Cuando mejor iban las cosas empezaron a pujar por grandes obras de la Administración, y lo que Andrés ahorraba con los impuestos que no pagaba y con la Seguridad Social en la que no afiliaba a sus empleados, lo ponía en situación de ventaja con respecto a sus competidores. Al final dejó de trabajar en la obra y se dedicó exclusivamente a tareas de patrón, a las cuentas, como le gustaba decir a él. El dinero empezó a lloverles.
Encarna pasaba todo el día con Alfredo. Al verlo tan débil y raquítico empezó a sobrealimentarlo convirtiéndolo en un niño con un sobrepeso alarmante. Una vez, mientras le daba de comer por enésima vez aquel día, Ángel estalló ordenándola que llevara al muchacho a un médico para que lo pusieran a régimen. Pero ni por esas: Alfredo siguió creciendo en ambas direcciones y siendo un niño introvertido y controvertido, al que parecía que lo único que le sacaba de su mutismo eran las muchas horas que dedicaba a la lectura. Hasta los quince años. A los quince años y prácticamente de la noche a la mañana, en apenas tres meses, creció veinte centímetros. Se había hecho esperar el estirón que lo liberaba al fin del exceso de equipaje de su cuerpo. Los kilos que perdió ya no volvería a recuperarlos.
Fue esa época cuándo Alfredo empezó a salir por las noches. En esa época se convirtió en Fred.
Era un muchacho extraño, con cierto aire enigmático y soñador, la mirada punzante como si le costase distinguir los objetos, mirada liquida. El pelo  moreno, corto y rizado, adaptando el corte a la tendencia. Sonrisa casi imperceptible, pero carcajada ancha y ruidosa.
Alfredo conoció a Toni y a Tomás a los doce años en el colegio, y fue en ellos en quienes depositó al fin toda la confianza que durante tantos años había ido reservándose. Descubrió lo fácil que era que le hicieran caso si gastaba con ellos un poco de dinero en las máquinas o simplemente en cervezas. Descubrió el poder. Y juntos empezaron a adentrarse en la senda de esa vida fácil y excesiva, muy jóvenes. Fred fue creándose a sí mismo en este mundo,  inventándose en un microcosmos tan pequeño, ruin y extraño, cotilla y receloso, en el que todos lo envidiaban, lo odiaban y lo respetaban al mismo tiempo. A Fred le gustaba. Lo creía justo. Se creía demasiado superior como para verse obligado a escuchar la charla patética de cualquier borracho trasnochador (¡él era el borracho trasnochador y no daba la lata a nadie!); o a las mujeres del pueblo relatando las respectivas virtudes de sus hijas por si caía algo; o a los jóvenes contándole fantasmadas sobre supuestos ligues, drogas y coches. Todo eso le hastiaba: él ya tenía bastante con mantener sus propias conversaciones alcohólicas con Toni y Tomás, que muchas veces superaban en patetismo a las de cualquiera. A él, que ya se había follado a lo mejor, pretendían atraparle esas petardas insustanciales ¡¿Con qué reclamo?! ¡¿Qué podían ofrecerle?! Tías, voraces lectoras de cualquier revista pretendidamente feminista, pero con el coño palpitándoles por cualquier bíceps marcado y un culo prieto. Zorras acomodaticias, a las que se tiraba con la simple promesa de que se pensaría una relación en serio con ellas, únicamente para aparentar, para posicionarse. ¿Qué podía aportarle gente así? Él valía más que todos ellos. Sabía más que todos ellos.
O eso creía él.

*
Fred salió del váter y se dirigió directamente a la cocina con la esperanza de que su madre no siguiera en ella, pero la esperanza duró lo mismo que el tiempo de cruzar la puerta y verla tomándose un café frente a un plato de macarrones.
Fred se retrajo un poco, no tenía todavía mucho cuerpo para escuchar ninguna charla. No entendía que su madre no se hubiera acostumbrado ya; llevaba tanto tiempo haciéndolo que estas conversaciones posborrachera llegaban a resultar aburridísimas. Parecía que esta vez tampoco iba a tener suerte, la perorata se avecinaba inevitablemente.
-Anda, siéntate y come -lo dijo con los ojos clavados en él-. ¿No te da vergüenza, todos los fines de semana, llegar de la misma manera?
-¿No te cansa a ti, todos los fines de semana, decirme lo mismo?
-¿No sabes que te estás matando?
-¡Joder, cómo te gusta esa frase!…
-¿Es que no te lo puedes pasar bien sin emborracharte?
Ahí estaba: la gran pregunta  que Fred suponía que todos alguna vez habían contestado.
-¿Qué otra cosa se puede hacer en este puto pueblo? –contestó como tantas otras veces.
-¿Sabes qué reputación te estás creando?                     
- A ti debería importarte menos que a nadie.
-Contigo es imposible hablar.
-Contigo no, mamá, contigo es muy divertido. -lo decía mientras sonreía, una sonrisa encantadora-. Anda, dame un cigarro para después de comer.
Su madre atrapó un cigarrillo cuidadosamente entre el índice y el pulgar y se lo extendió a Fred que estaba engullendo los macarrones casi sin masticar. Encarna se quedó mirándolo fijamente. Al percibir la mirada, Fred la increpó:
-¿Qué?...
-Nada –dijo con cierto aire de plenitud.
Se produjo un silencio.
-Por cierto, ¿y tu novia? -saltó Encarna como movida por un resorte, contenta sin duda de haber encontrado un tema que reanimara la conversación.
-¿Que novia? –preguntó Fred con la boca llena.
-¡Y yo que sé!... La que tengas ahora.
-Ahora es hoy mamá, y hoy por hoy no tengo ninguna –dijo con una media sonrisa-. Aunque decir hoy por hoy quizá sea prematuro, porque esta noche... quizá ya tenga novia. –dijo mientras hacía un explicito gesto-universal-del-fornicio.
Encarna nunca sabía si Fred usaba esta forma de hablar para provocarla o para burlarse de ella. Se sentía impotente y hubiera querido decirle a su hijo que así no se le hablaba a una madre; pero en realidad fue ella, desde su más temprana juventud, lo había educado para que fuera franco con los demás, para que dijera las cosas como las sintiera, sin callarse, sin vivir maquillando palabras. Con los demás y con ella, sobre todo con ella. Por eso esta vez no tenía ninguna razón para regañarle, por lo que soltó lo primero que le vino a la mente.
-¡Anda con las niñas putas, todas borrachas y zorreando por ahí!... -De vez en cuándo le salía la vena de madre-de-pueblo, que no pegaba nada con su aspecto-. Igual que la hija del Paco con la que estuviste, otra niña guarra...
-Muy guarra mamá, mucho...
La hija del Paco, Rosaura, una chica de veinte años, guapísima y encantadora,  que sin duda era a la única mujer (aparte de su madre, claro) a la que Fred hubiera podido querer. Era perfecta en muchos sentidos: inteligente, amable, simpática con todo el mundo… Aunque también era tremendamente ambiciosa, caprichosa, fría, calculadora y cruel. Aquella había sido la única mujer que logró tambalear los fríos cimientos sentimentales de Fred
-Eres un puterillo, Fred. -dijo Encarna con una media sonrisa-. Tú crees que alguna madre de aquí hablaría así con su hijo, como nosotros hablamos.
-Que si... mamá... que eres muy moderna…. ¡Y muy pesada! –Fred calló después de esto.
Era verdad. Encarna, quería estar a la última en todo. También en eso, tan cultivado por los americanos, de hablar con los hijos de todos sus problemas. Pero se sintió una vez más impotente ante el hermetismo de Fred. Se dio por vencida y salió de la cocina mientras Fred abría la nevera y cogía una lata de cerveza que se echó al coleto casi de un trago; allí mismo, sin sentarse y con la puerta de la nevera abierta. Al poco se le quitó el mal cuerpo y se sintió mejor.
Después fue al salón, en donde su madre había retomado la lectura, que ahora debía hallarse sin duda en un momento interesante, a juzgar por cómo gesticulaba, así como por el largo cono de pavesa que milagrosamente se balanceaba en un extremo del cigarrillo sin decidirse a caer en el parqué. Cogió su móvil y salió al pasillo para hacer una llamada:
-¡Hola! ¿Está Toni?... Sí, vale, me espero.
........................................
-Toni, coño, ¿todavía estás acostado?
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-No, si no hemos ido a ningún sitio, si yo también me he levantado hace nada.
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-Si.
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-No, no..., esta noche vamos a La Cabaña, cuando salgamos nos vamos a la discoteca, pero después, ya puestos... ¿Entiendes?
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-Si claro, cuando salgamos de casa y antes de ir a La Cabaña nos pasamos por los pubs.
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-Bueno, sí, llama a Tomás y quedad en llamarme a las ocho, ¿vale? Pero a las ocho en punto, sin retrasos.
.................................
-Yo me retraso lo que me sale de los cojones, vosotros no. ¿Vale?... Pues vale. Adiós.
Colgó el teléfono y sentándose en un sillón empezó a ver la tele sin prestarle mucha atención. A Encarna, poco a poco el libro le iba dejando respirar y se le fue quitando la angustia del rostro; por fin suspiró con alivio y levantó la vista.
-No debes de tratar así a tus amigos, te lo consienten todo. -dijo con cierta cara de pena-. Y por cierto: ¿qué es eso de La Cabaña? te lo he oído nombrar muchas veces y no se lo qué es. ¿Alguna discoteca nueva?
Fred asintió sin atender realmente, aunque sabía que La Cabaña no era ninguna discoteca. Era todo lo menos parecido a una discoteca que podía existir. Era su segunda casa, su templo, su gran escondite, donde él controlaba todo y donde todo era suyo. Un lugar donde los elementos no influían, ni la gente, ni el tiempo, ni el pueblo... Un mundo inmóvil, aislado y estéril de todo y de todos.
Encarna se rindió de nuevo al hecho del poquito caso que le hacía su hijo y retomó la lectura.
La tarde se fue haciendo pesada, todavía era demasiado temprano para prepararse para salir y sin embargo Fred estaba deseando hacerlo motivado tanto por los restos de la borrachera anterior como por la cerveza que acababa de eructar. Era ese sentimiento de cuando uno veía tan lejos el próximo fin de semana. Aunque todos los días iban a La Cabaña, no era lo mismo si al salir colocados no encontraban a nadie y estaban todos los sitios cerrados. Y eso era de lo más fácil en aquel pueblo: no encontrar a nadie.
El capitulo de la serie que había estado viendo terminó. Fred se estiró, bostezó y empezó a preparar el ritual que invariablemente, día tras día, realizaba para ducharse. Primero fue al armario de las toallas y se echó una al hombro, luego cogió de su armario unos calzoncillos, después enchufó el mp3 a un sistema con el que se conseguía distribuir la música por toda la casa. Quiso que Joaquín Sabina cantara en el cuarto de baño grande y se fue silbando hacia allí.
Por el camino, se encontró con su padre que se había levantado de la siesta, iba completamente desnudo y se dirigía también, con un cómico bamboleo, hacia el cuarto de baño. Cuando llegó a su lado le dio un coscorrón cariñoso en la cabeza Fred le echó un vistazo de arriba abajo y con una media sonrisa pensó: “Y luego soy yo el raro”.
Llegaron al cuarto de baño.
-¿Vas a tardar mucho? -preguntó Fred.
-No, meo y salgo enseguida.
-Vale.
Eso fue lo que hizo Ángel: meó se lavó la cara y salió. Una vez afuera, a Fred otra vez le entró la risa. No del cuerpo de su padre, a eso estaba acostumbrado, sino a la situación, ¿Cuantos padres había por ahí que se paseasen desnudos por toda la casa sin importarle ni lo más mínimo quién estuviese en ella? No se cortaba con nadie: ni con la sirvienta que era una mujer de sesenta años; ni con los amigos de Fred, a los que también les hacía bastante gracia el asunto; ni con las amigas de Encarna, que una tarde salieron escopeteadas al verlo pasar y no volvieron a aparecer por allí. De eso se rió: de la situación y de recordar, de pasada, este último caso.
-¿De que coño te ríes tú, eh? -preguntó Ángel también riéndose.
-Nada, que me estaba acordando de cuándo apareciste así delante de las amigas de mamá.  ¡Cómo salieron!... -lo dijo imitando sus caras-. Como si hubieran visto al mismo diablo.
-Más rabo que el diablo tengo yo -dijo Ángel altanero-. Pero ya sé que he dejado un buen heredero, que las trae a todas de calle, igual que yo a tu edad.
-Tu a mi edad ya estabas casado, papá.
-¿Y qué pasa?... Pues no me han tirado los tejos veces, de soltero y de casado… -Se detuvo y se lo pensó mejor-. Pero, eso sí, yo nunca me he ido con ninguna que no fuera tu madre.
Fred sabía que aquello era mentira. Aparte de los comentarios que sobre el particular se hacían en el pueblo, él había visto cuantiosas facturas de habitaciones dobles de hotel cuándo su padre había hecho algún viaje de trabajo a Madrid. No lo juzgaba, porque estaba seguro de que él en su misma situación habría actuado de la misma manera; pero no quería echar más leña al fuego, así que contestó afablemente:
-Ni que yo me entere, papá..., ni que yo me entere.
-El que tienes que aprovecharte ahora eres tú, que no tienes ninguna obligación. Tienes dinero, coches y ropa cara. ¡Disfruta, joder…! ¡Disfruta!
- Tampoco gasto tanto...
-Pues gasta, que esto se acaba. Verás cuando te cases y tengas que empezar a pensar por dos, o por tres, o por los que cojones vengan..., vas a ver que putada. Hombre, tú no vas a tener que preocuparte por todo lo que le preocupa a la mayoría de las parejas; pero puedes llegar a perder algo más importante: tu independencia. Tú eres un espíritu libre, como yo lo era –se entristeció -. Tienes  esa personalidad típica de los Jeremías y algunas excentricidades que también temo que vengan de mi parte, y una mujer, cuando lo pilla a uno, no busca otra cosa que anular todos los rasgos que no le gustan de tu personalidad, pero esos rasgos, recuérdalo, son los que nos distinguen. Lo hacen todas, no lo olvides.
Fred estaba empezando a cansarse de la perorata filosófico-machista de la que tantas versiones había oído, y que, por otra parte, no le desagrada del todo escuchar; pero no de esa manera, no en la puerta de un cuarto de baño con su padre en pelotas. Así que decidió dar por terminada la conversación:
-Pero si yo no me voy a casar nunca, papá… -dijo mientras entraba en el servicio-. A mí no me van a enganchar.
-Eso decimos todos… Tú, que te la chupen nada más, y que no te pase lo que a mí
-¡Hombre papá!... Lo que te pasó a ti fui yo.
- Pues eso, que no te pase... -dijo Ángel, riéndose, mientras se alejaba pasillo adelante.
Fred se rió otra vez y cerró la puerta del cuarto de baño. En estas conversaciones machistas, que mantenía continuamente con su padre, era conveniente actuar como el más machista de todos aunque él no lo fuera, para que así su padre sintiera que habían dado frutos las enseñanzas que había inculcado a su estirpe; pero ni el mismo Ángel se creía del todo lo que decía; era simplemente un acto de provocación.
En los altavoces se oía ya la tercera canción del disco de Joaquín Sabina y Fred la acompañó cantándola a grito pelado. Entonaba bien. Se despelotó dejando la ropa tirada en el suelo y se metió en la ducha sin parar de cantar.
Mientras se enjabonaba oyó que sonaba el timbre de la puerta. Seguro que ya estaban allí Toni y Tomás esperándolo. Seguro que su madre les habría abierto la puerta. Seguro que les habría ofrecido algo para beber y ellos habrían aceptado una Coca Cola. Seguro que después se sentaría con ellos e intentaría sonsacarles toda la información que pudiera sobre su hijo (suerte que ambos estaban bien aleccionados). Y seguro, también, que ahora estaría Toni ideando mil posturas para intentar verle las bragas a su madre cuando hiciera un cambio de pierna o el sostén cuando se agachase para algo. El muy cabrón... Salió de la ducha y empezó a secarse deprisa, no quería dejar por más tiempo a su madre a merced de los lobos, o mejor dicho, a los lobos a merced de un interrogatorio propio del Tercer Reich. No necesitaba afeitarse. Se puso los calzoncillos y salió.
En el salón, se encontró con la escena que había imaginado: Tomás y Toni sentados muy modositos en el sofá con dos latas de Coca Cola enfrente de ellos y su madre, sentada en un sillón, interrogándolos con diplomacia. Toni con cara de angelito, Tomás con cara de angelote. Cuando le vieron pasar, un gesto de alivio se les dibujó en el rostro, pero su madre otra vez tomó la iniciativa.
-Miradle, aquí llega el golfo...
-No les comas mucho el coco, mamá, que tienes un peligro...
-Simplemente estamos hablando, ¿verdad? -les preguntó a los dos.
Ellos no contestaron.
-¡Vale, vale! -dijo Fred sonriendo y dirigiéndose hacia la puerta- Voy a vestirme.
Se vistió como de costumbre: todo de negro, ahora le daba por ahí. Saliendo, les hizo un gesto para que se levantaran. Toni cortésmente se despidió:
-Bueno, señora, nos vamos -lo dijo con voz empalagosa y cara de realmente bueno, nada parecida a la que se le pondría unas horas después-. No se preocupe que le traeremos a Fred vivito y coleando.
-Eso espero... –dijo sonriendo-. No lleguéis muy tarde, ¿vale?
La recomendación de Encarna se perdió en el vacío sin recibir respuesta.
Cuándo salieron, se colocaron como habitualmente hacían, uno a cada lado de Fred. Toni a su izquierda y Tomás a su derecha. También como siempre, Toni empezó a hablar de lo que siempre hablaba cuando salía de  casa de su amigo.
-Macho, tu madre está que te cagas -hizo un gesto como de "esquiar"-. Tiene un polvazo de miedo, ¿A que sí, Tomás?
 El aludido asintió.
-Siempre dices lo mismo -dijo Fred con un tono cansado-. Estás de un salido...
-Pero es que está buenísima -reiteró-. Pero en fin... ¿Dónde vamos ahora?
-Primero vamos al pub y nos bebemos unas cuantas birras, como siempre. Después nos pasamos por la disco a ponernos como cabras, y, cuando estemos así, nos piramos a La Cabaña a acabar de cogerla  ¿Qué os parece el orden del día?
-¡Cojonudo! -saltó Tomás, y la boca pareció llenársele con la palabra.

Pero sus planes no iban a salir como esperaban.




Sigue en el Capítulo II



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7 comentarios:

  1. Ahora mismo estoy a la mitad de El verano de los Juguetes muertos, pero cuando lo termine, Empiezo el tuyo y comento

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  2. Bueno, pues ya me he leído el capítulo 1, al fin...

    Me ha gustado. Me ha dejado ganas de seguir adelante con la novela (no necesitaba la última frase para "provocarme" a ello, la verdad).

    Tienes un estilo fresco y directo, Mr. Williams, por lo menos en este capítulo. La narración fluye de una manera muy natural, y sólo hay quizá algún "paréntesis" que rompe el ritmo, pero afortunadamente no es nada que impida recuperarlo rápidamente en el siguiente párrafo.

    Está claro que ni soy crítico literario ni pretendo serlo. Sólo soy un lector más, pero como nos pediste nuestros comentarios y nuestra opinión sincera, aquí la tienes.

    Lo dicho, me has dejado con muchas ganas de seguir adelante. El libro engancha muy bien desde este primer capítulo.

    PD. Por cierto, me he dado cuenta que pones casi siempre tilde a la palabra "cuándo", y hay muchas de esas veces que está mal puesta ya que se trata de conjunciones, no de adverbios de interrogación o exlamación. Sin embargo no la pones cuando pones "¿Cuantos padres había por ahí...?", donde SI habría que ponerla.
    Hay por ahí alguna otra errata o falta de ortografía, pero no me voy a poner ahora en plan imbécil a repasarlo aquí. Si quieres te lo mando en un correo.

    MUCHAS gracias por compartir con todos nosotros esta obra tuya, de verdad.

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  3. Muchísimas gracias Erostrato12 por tu crítica, me gusta. Y es verdad que hay varias faltas a las que le ha faltado, sobre todo, algo de distancia. Pero ya me están ayudando a solucionarlo (gracias entre otras cosas a hacer este blog). Espero que quede más pulidito que un jaspe.

    Y sobre todo espero, que te siga interesando como hasta ahora.

    Después de tanto tiempo en el blog, me gusta que sigas también aquí...

    Gracias

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  4. Anótate a otro "enganchao", pero ¿porqué no todo el libro de una buena vez y no a capítulos? Felicidades!

    Antonio

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  5. Vamos a comenzar a leerlo. Aunque no he comentado muchas cosas anteriormente (bueno, nada para ser realistas) soy seguidos asiduo de tu blog y me he descargado muchos libros que me han dado buenos ratos.
    Vamos a ver qué tal el de tu propia cosecha.
    Gracias por todo

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  6. Estoy terminando unas lecturas que tenía comprometidas y me pondré a leer tu novela y en cuanto pueda la reseñaré en mi blog.

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