viernes, 2 de diciembre de 2011

Indice


FINAL


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Capitulo XIV

XIV
Detrás venía el otro, el otro amigo de Fred. Se le ve asustado, con las manos metidas en los bolsillos y los brazos pegados al cuerpo. No se atreve a mirarlos a la cara. En un principio se queda fuera, y el agua de los canalones del patio le cae encima. Pero parece no importarle, sigue con la cara baja, sin atreverse a mirarlos. Después entra y se coloca detrás del otro, que ha entrado antes; pero tampoco a él se atreve a mirarlo. Parece que vaya a echarse a llorar en cualquier momento. Se avergüenza. Pero el otro ahora se ríe con una sonrisa rara, después se carcajea y farfulla algo que no entiendo. Se acerca a la mesa y coge uno de los vasos. La pareja no se mueve y en sus caras se muestra que están muertos de miedo. Coge otro vaso y se lo tiende al más flaco. Éste lo agarra, pero no bebe, se queda mirándolo. Ahora el gordo está diciendo algo. Los puedo ver a todos porque al abrir la puerta se ha creado un pasillo de luz en el patio. Aída y Fred también podrían verme a mí si se fijaran, pero no se fijan, no pueden apartar la vista del gordo. Los otros están de espaldas a mí. Aquellos eran sus amigos, siempre iban con él.  ¿Qué quieren? Puedo verles las caras a los dos, les tienen miedo. El gordo sigue hablando pero no se le entiende. No sé por que, pero cuando ellos han entrado me he quedado más tranquilo. Quizá porque ellos han hecho aquello que yo no he sido capaz de hacer: interrumpirlos para que lo dejasen. Me he quedado extrañamente reconfortado, como liberado de mi misión. Pero el gordo grita y yo no le puedo oír por la lluvia. Tengo que acercarme y escucharlo, tengo que escucharlo aunque sea lo último que haga –pensé.
Extracto de la nota de suicidio de Iván Jiménez.

*
-Oye, tío, genial, ¿eh? –comenzó diciendo Tomás-. ¿A que ha estado de puta madre? -preguntó a Toni sin recibir contestación-. ¡Que bien tío! ¡Cuánto amor!... ¡Y no podías repartirlo! –gritó-. Pues ¿sabes qué te digo? ¡Que no lo repartas! ¿Quién quiere tu asqueroso amor?... ¿Quién?... Bueno, sí, la putita.
»Nosotros no, nosotros sólo queríamos que nos agradecieras todo lo que habíamos hecho por ti –dijo en un tono suave, amenazador, propio de un matón de la cosa nostra-. Esperábamos cierto reconocimiento por habernos partido la cara mil veces para que a ti no te la partieran nunca. Y mira que éramos baratos, ¿eh?… Pero ni aun así. Nos dejaste más tirados que a una puta mierda. Porque eso hemos sido siempre para ti: unas putas mierdas. Yo ya lo sabía, pero no me importaba siempre que hubiera un sueldecito a cambio. Pero desde que llegó ésta, se nos jodió el chollo... –señaló a Aída y ella sintió pánico-. Algo habrá que hacer, ¿no?
Tomás andaba por la habitación sin dejar de mirarlos. Ellos, a él, tampoco podían quitarle los ojos de encima; el miedo parecía haberles paralizado los músculos.
-Pero ya ves –prosiguió -. Llega la revolución del proletariado. ¡Muerte al señor feudal! –gritó en una proclama -. Cuando a un pueblo se le mata de hambre, éste se levanta contra el señor –sonrió, orgulloso del símil histórico -. Tú deberías saberlo, que lees tanta Historia y tanta mierda.
»Yo también leo, ¿o qué te crees? –gritó. Fred y Aída se estremecieron-. Pero no alardeo de ello como tú, que siempre has sido un chulito de mierda. Si te hubiera rebatido una sola opinión o te hubiera hecho sombra en algún momento, hace tiempo que hubiera dejado de estar a “tu servicio” –con retintín-. ¿Tú sabes lo que me he tenido que tragar yo? ¡He sido peor que esta puta! –la volvió a señalar-. ¡Ella al menos se traga tu polla! –Tomás se excitaba, ahora casi lloraba de rabia-. Pero yo me he tenido que tragar la mía mil veces y me he tenido que dar yo mismo por el culo, callándome todo lo que me he callado...
Paró un momento y respiró hondo. Se tranquilizó un poco.
-Y  ahora me lo pagas así...
»Dicen los budistas que el karma es lo que tienes que pagar en otra vida por lo que has hecho en esta...
»... pero tú en esta ya has dejado mucho fiado...
»... y, mira por dónde, el que te va a cobrar soy yo...
»... Nosotros...,
»... tus perritos más fieles.
-¿Cuánto quieres? –alcanzó a decir un Fred tembloroso-. Pide y déjanos en paz.
-¡Joder, Fred, qué visto está eso! ¡Que cuánto quiero! –rió -. ¡Que cuánto quiero!... ¡No seas gilipollas! Si todo lo yo que quiero está ahora mismo aquí. ¿No lo ves? Está la guapita ésta, con la que me desahogaré. Estas tú, con quien, por supuesto, también me desahogaré. Y también está todo el whisky del mundo ¿Qué más puedo querer?
-Deja que ella se vaya... –volvió a suplicar Fred -.
-¡Hombre, qué original! ¿Para eso te sirve todo lo que lees? –exclamó con sorna-. ¿Para soltar esa galería de tópicos?... ¡Pues no has visto tú películas ni nada!
Tomás se acercó a Fred y sin transición alguna comenzó a abofetearlo muy rápido, con la palma y con el dorso de la mano. Aída despertó de su mutismo y gritó. Al oírla, Tomás comenzó a abofetear alternativamente a uno y a otro. Fred, al ver como pegaban a Aída, se resistió para que Tomás se centrase exclusivamente en él. Esto le dio la oportunidad a la chica de escabullirse por un lado y correr hacia la cocina. Fred resoplaba y se rendía mientras seguía siendo golpeado.
-¿A que humillan las hostias con la mano abierta? –preguntó Tomás resoplando también por el esfuerzo.
Tomás miró a un lado y al otro de la estancia, buscando el elemento que faltaba en la escena.
-¡A ver, Toni, despierta ya joder! ¡Ve a por la golfa esa! –ordenó-. Ah, y búscate una cuerda o algo para atar a éste.
Toni encontró una maromilla en el mismo pasillo que conducía a la cocina. Se la llevó a Tomás en un intento de darle algo más de tiempo a la chica. Después, fue hacia donde ella se encontraba.
En la cocina, Aída esperaba ser olvidada. Sentada en el húmedo suelo de un rincón, se amparaba en la oscuridad tapándose los oídos. Intentaba no oír, no ver; con un sentimiento ancestral, pensó que si cerraba los ojos y los oídos, la amenaza desaparecería y tampoco los demás podrían verla ni oírla a ella; como el avestruz cuando entierra su cabeza en la arena. Hasta que oyó aquella triste voz que se dirigía a ella casi con ternura.
-¡Venga, vamos!
Y ella se levantó sin resistirse y lo acompañó, porque allí era donde debía estar. Con él.
Tomás la esperaba con una radiante sonrisa, y como si de un atento anfitrión se tratara le ofreció sentarse con un gesto. Aída, con toda la dignidad que le dejaba su desnudez lo despreció con la mirada. Se sentó al lado de Fred, que tenía las manos atadas por delante y la cara roja por los golpes. Lo miró, y éste le sonrió con tristeza; con un leve encogimiento de hombros, pareció disculparse ante ella. Aída no pudo evitar echarse a llorar y fue a besarlo.
-¡Venga, venga, tortolitos! ¿No habéis tenido bastante besuqueo ya? –dijo Tomás con recochineo-. Toni, átale los pies nada más, que ésta si pega no hace daño –le ordenó.
Y Toni, con la misma parsimonia, cogió el trozo de cuerda que le había sobrado a Tomás  y se arrodilló ante la chica, postrándose con reverencia para colocar el zapatito de cristal a Cenicienta. Suavemente le anudó la cuerda a los tobillos y apretó un poquito para afirmar el nudo. No la miró a la cara. Ella sí que lo miraba, pero no lo culpaba.
Tomás seguía con atención la actuación de Toni, y una vez que hubo terminado volvió a la carga.
-Bueno Fred, ¿por dónde íbamos? ¡Ah, sí, por lo de pagar!... –puso su gorda cara enfrente de la de él tan próxima que con sólo estirar un poco los labios podría haberlo besado-. Tú te crees que todo se compra con dinero, y en cierto modo es verdad, ése es el motivo por el cual hemos venido aquí esta noche: para robarte el whisky. Pero ¡qué sorpresas nos depara el destino! –volvió al habla sosegada-. Por el mismo precio podemos llevarnos también algo más importante: tu alma, tu dignidad, tu hombría,  tu vida si yo quiero –se levanta y levanta los brazos al cielo -. Porque...
“¡Existe otra justicia más alta que la de los hombres!”
-Creo que lo escribió Stephen King en “Misery”, o lo sacó de La Biblia, o yo qué sé... Lo vi en la película, no importa –pensó en voz alta -. Pero aquí viene bien, porque lo que quiero es que sientas esa justicia. Y quiero que ELLA... –señalándola otra vez-... lo vea. Quiero que te vea suplicar como ella misma te suplicó aquel día en que la violaste. En definitiva, quiero vengarla.
»Quién sabe –continuó-. Quizá hasta te enamores de mí. Un besito... –Tomás se adelantó para besar a Fred pero éste apartó la cara con odio -. ¡Ah!, perdona. Es que no hemos seguido todos los pasos, ¿verdad que es eso? –sonrió -. Tu primero le distes por el culo y después fue cuando se enamoró de ti... Sí, creo que fue así.
Tomás seguía hablando con aquel tonillo suave que daba tanto miedo y que no se correspondía en absoluto con aquella cara que alternaba la expresión de ira con la de un esquizofrénico en su ataque más agudo. Ni con aquella mirada.
-Pues sea, habrá que empezar por el principio ¿no? –volvió a decir-. Porque lo que yo quiero es que te enamores de mí. Verás qué felices seremos juntos, tonto –bromeó sin mostrar ni la menor actitud de broma -. Yo disfrutaré de tu dinero y tú de mi cipote. La conjunción perfecta... –dijo como si se tratase de la cosa más normal del mundo-. Pero así no me gustas... No –comenzó a mirarlo como un sastre que le tomara las medidas a ojo -. Así no sé yo si voy a poder empalmarme… ¡Hombre!, desnudo ya estás y eso ya es algo. Pero ¿sabes lo que pasa? Que a mí lo que me van son las tías, y tu de tía pues tienes poco. A ver... Si te pusiéramos un adornito o algo que me recordara a una tía… ¡Ya lo tengo!
Fred y Aída seguían mirando aterrorizados a Tomas, pues no tenían ni la menor idea ni de lo que hablaba ni de lo que se proponía.
- Te voy a poner una diademita para que estés guapa –dijo con un pérfida expresión.
Tomás extrajo una navaja del bolsillo y, desplegándola, dejo ver su maligna y brillante hoja.
Fred vio el metal y dejo de mirarlo porque ya conocía el final. Tenía que despedirse de su niña. La miró y la vio llorando, pero con una placidez indescriptible en el rostro.
-Chao, mi amor.
-Nos vemos ahora ¿vale?,
-Amor mío...
-Amor.
Y Aída se adelantó para dar aquel que esperaban fuera el último beso, pero Tomás se lo impidió con un manotazo en la cara.
-¡Que te quites, coño!
Después, y sin dar tiempo alguno para la reacción, abrazó la cabeza de Fred y la estrujó con fuerza contra su pecho. Éste no podía ver ni casi respirar, por lo que muerto de pánico comenzó a mover la cabeza espasmódicamente de un lado a otro; pero el otro se la tenía bien sujeta. Tomás cogió la navaja con la otra mano y le clavó la punta encima de la oreja derecha para seguir por todo el cuero cabelludo, rajándolo, hasta la otra oreja. Aquello resultó ser la diadema. Después se apartó, empujando violentamente la cabeza malherida de Fred.
- ¿Por qué os habíais despedido? –rió Tomás -. Si no se iba, tonta. Si todavía queda...
Toni contempló horrorizado cómo de la cabeza de Fred comenzaba a brotar sangre y más sangre,  cómo se le deslizaba por la frente, por la cara... Pero no lo vio asustarse, parecía como drogado o desvanecido, como si tampoco se lo creyera. No podía seguir allí, tenía que escapar como fuera porque Fred, a ese ritmo, se desangraría enseguida si no se le taponaba con algo la herida. Y a la chica no la iba a dejar marchar después de esto. “Soy cómplice, más que cómplice... Me tengo que ir, pero no me puedo mover. Me matará a mí también”.
-Pues no..., no me gustas –volvió Tomás a Fred -. Te das un aire a la “Carrie” esa de la película. Por la sangre. Pero no..., no me incitas a nada. Creo que voy a probar con tu chica.
Se dirigió a ella.
- Si no te importa, amigo Fred, voy a desatar a tu chica y le voy a meter todo el rabo en el ojete del culo –le dijo tranquilo, como si le dijera que iba a por un paquete de tabaco.
Pero en el momento en el que Tomás hubo cortado las ataduras de la chica, un Fred enloquecido se abalanzó sobre él, pillándolo totalmente desprevenido. Aída con los pies liberados ya, pudo zafarse de nuevo del gordo cuerpo de Tomás y volvió a correr hacía la cocina. Fred, encaramado en la espalda de Tomás, aguantaba los empellones de éste, que intentaba quitarse el molesto parásito que tenía encima; pero antes de que lo lograra, Fred pudo soltar la mandíbula sin calcular siquiera a donde iría a parar el bocado, que fue a dar en la cabeza de Tomás. Cuando éste sintió aquel dolor agudo en el cráneo, estalló; como un Atlas furioso se puso en pie con Fred encima y cogiéndolo de una pierna y un brazo lo estrelló contra el suelo como lo haría un luchador de lucha libre. Después se puso a patearlo con saña, con furia, con una rabia incontenible...
Toni ya había desconectado del todo, no hacía nada, ni siquiera parpadeaba.
Y Tomás siguió propinándole puntapiés a Fred: le rompió un brazo, le pisó la cabeza, los dedos de una mano, la pateó la rodilla...
Hasta que dejó de golpearlo. Hasta que se quedó quieto, súbitamente paralizado. Hasta que sus ojos se abrieron de repente en medio de una enorme sorpresa, como si hubiera oído algo que lo asustara. Estuvo un par de segundos así, quieto. Moviendo los labios como si intentara decir algo, pero sin emitir sonido alguno.
Después cayo redondo al suelo como un fardo.
Detrás estaba Aída blandiendo en su mano una gruesa cadena de remolque que aun mantenía su balanceo. Con esta cadena fue con lo que, en un solo movimiento pendular de abajo hacia arriba le había abierto el cráneo a Tomás por la nuca, como un coco. Se había oído un craakk raro y esto había sido todo. Quizá este sonido fue el que asustó a Tomás, pues el golpe ni lo movió; le había abierto limpiamente la tapa de los sesos y ya estaba; mirándolo en el suelo resultaba incluso cómico, parecía uno de esos raperos con la visera de la gorra para atrás.
Toni, de repente, cayó literalmente hincado de rodillas comenzando a rezar muy rápido y dándose golpes de pecho. Ya demente también:
Por mi culpa,
Por mi culpa,
Por mi grandísima culpa...
Por mi culpa,
Por mi culpa,
Por mi grandísima culpa...
-¡Vete de aquí! –le gritó Fred.
Y Toni salió de la estancia corriendo, sin mirar atrás y sin dejar de repetir su plegaría.
*
El flaco huyó de allí como del mismísimo infierno; no reparó en mí o, si lo hizo, debió de achacarlo a otro elemento más de su locura ya manifiesta. Es increíble cómo es el género humano. Yo, en este caso, que en el mismo momento en que Fred estaba siendo pisoteado sentí verdadera lástima por él y estuve a punto de entrar con el cuchillo para protegerlo de aquel monstruo. ¡PROTEGERLO A ÉL! Pero jamás pensé tan fríamente como lo hice allí (hasta este momento, porque ahora, en el instante de escribir estas líneas mi ánimo es sereno y frío, y ya nada me conmueve). Pensé que si aquel gordo lo mataba luego iría a por ella, y que yo entraría para salvarla; vendría conmigo otra vez, y ya no sería yo el asesino de su amante, ahora sería su salvador y otra vez yo su amante. Se sentiría agradecida, y, aunque añorara al otro, el otro ya no estaría. Pero para ello Fred debía morir, para salvarme a mí y a ella. Pero no ocurrió así. De un golpe de cadena, Aída abrió la cabeza del gordo. Una parte de mí gritó: ¡BIEEN! ¡ESTA ES MI CHICA!, como cuando gana el bueno en las películas, mientras que otra parte de mi se sintió terriblemente decepcionado. Estaba desorientado, perdido. Aquel plan primigenio que había madurado en mi mente durante tantos días se me había olvidado ya por completo. Aída había matado por aquel hombre, y eso precisamente era lo que yo iba a hacer por ella, para eso estaba allí aquella noche. ¡Qué bonito!... ¿Qué podía hacer yo?
Recobrados un poco del sobresalto Aída se agachó y besó a Fred dándole ánimos mientras él la miraba con veneración, como si de una diosa se tratase, creyéndose quizá, presente en su paraíso con ella. Luego, Aída se dirigió al pasillo y volvió trayendo servilletas y una toalla grande; taponó con cuidado la herida de Fred con las servilletas y las fijó a su cabeza atándolas con la toalla. Después, se sentó en el suelo a su lado mientras que le decía cosas dulces que ya no recuerdo. Él, por su expresión, no parecía tan gravemente herido como la paliza o la herida de la cabeza pudieran dar a entender. Había en su rostro una resignada actitud como de santo de estampita mientras le decía a Aída que lo ayudara a vestirse y que con el móvil llamara a una ambulancia y a la policía.
Todo esto llegó a conmoverme. Aquel tono que ambos utilizaban, aquella pena. ¿Debería dejarlos en paz? ¡Pues claro! Bastante habían sufrido ya. Estaba decididísimo a irme antes de que Aída llamase a nadie.
Todavía me pregunto por qué no lo hice.
Por eso comento lo increíble del género humano. Mientras en una parte de mí (quizá, a estas alturas tendría que hablar ya de personalidad múltiple), me sentía apenado, conmovido, solidarizado e identificado con su amor tan fuerte, por otra parte solo veía a un enemigo derrotado al que sólo le haría falta un empujoncito para su total destrucción. ¿Qué haría ella?, ¿Me mataría también a mí? Eso estaría bien.
Ahora más que nunca me pregunto por qué entré. Si ya tenía clarísimo que a mí jamás me podrí querer así.
Extracto de la nota de suicidio de Iván Jiménez.

Fred pudo ver cómo Iván entraba sigilosamente por la puerta. No dio ninguna muestra de sorpresa ni de recelo, ni tampoco avisó a Aída, que se encontraba de espaldas al recién llegado; se limitó a esbozar una sonrisa plácida, como si aquella irrupción, por lo exagerada, irónica y cruel que resultaba, fuese sólo producto de su delirio.
Pero no lo era.
- Déjalo aquí, Aída, vente conmigo –se dirigió Iván a Aída, cohibido -. Elígeme, por favor.
Aída tampoco se sobresaltó, parecía como si supiera que vendría. Que aquella noche, por terrible, no podía acabar así. Faltaba la traca final. Faltaba que ellos perdieran.
- No, Iván, tú no... –dijo ella sin volverse, con una tremenda pena.
- ¡O te vienes o lo mato! –Iván intentó darle firmeza a su voz.
Aída se volvió lentamente hacia Iván mirándolo con un infinito cansancio. ¿Qué les había llevado hasta allí? En aquella habitación se encontraba ahora toda su vida: los hombres a los que había amado y la muerte, representada por aquel Polifemo caído. Vio a Iván con el cuchillo en la mano, cuchillo que había sido suyo y que parecía también predestinado desde su fundición para dar muerte a aquel hombre sangrante. Ya no parecía asustado, tan solo necesitado. De ella. Rió: para sí la suerte, el destino y la capicúa. Se agachó de nuevo hacía Fred diciendo:
- Iván, yo lo quiero a él. Aunque lo mates. Aunque nos mates...
- Pe... pero, por eso –empezó a tartamudear Iván muy excitado -. Por eso, porque lo quieres. Sálvalo. Ven y... lo dejaré. Aunque..., aunque mañana vuelvas con él, no me importa. Pero vente ahora conmigo, por favor. Elígeme. Yo te quiero. Quiero sentirte de nuevo mía. Ni te tocaré si no quieres, pero elígeme. Ven.
- No, Iván, no... –decía ella mientras una lágrima conseguía alcanzar su boca.
- Pero tampoco te pido tanto –le decía ya balbuceando -. No te pido nada, tan sólo que veas que estoy aquí y que soy tuyo, y que tú eres mía; aunque sólo sea por un momento. En este instante…
Aída miró a Fred, quien le devolvió la mirada. No apartaron ni por un momento los ojos el uno del otro. Así se amaban por última vez. Ya no escuchaban a Iván, ni la lluvia, ni el viento, tan solo escuchaban el roce de sus manos, el jadeo de su respiración; escuchaban el aliento de los sexos, el arrullo atronador de los pensamientos. Se amaban.
Iván se sintió de improviso impotente, indeciso y desarmado, al haber rebajado tanto sus pretensiones iniciales y aun así haber sido rechazado. Se arrodilló junto a ella y la zarandeó un poco por el hombro.
-Pero ¿es que no comprendes lo que voy a hacer? ¿No comprendes que lo voy a matar?
Aída no lo comprendía, ni siquiera lo oía. Seguía inmersa en la mirada de Fred.
-¡Mírame! –Iván la obligó a mirarlo -. Aída, ¿no ves que lo voy a matar? ¡Que lo voy a matar! ¡Que es muy fácil, Aída! Si está ya medio muerto, ¿no lo ves? Ven, por favor. No quiero hacerlo, pero tendré que hacerlo si no vienes... –intentaba convencerla, terriblemente frustrado, enajenado-. ¡Tendré que hacerlo! Créeme. Es muy fácil. Es sólo empujar un poco el cuchillo así y...
Trastornado y excitado, sin saber muy bien cómo, Iván, mientras pronunciaba estas últimas palabras y como para dotarlas de una mayor veracidad, había empujado el cuchillo, que guiado por su terrible instinto penetró entre dos de las costillas de Aída, alcanzando el pulmón con extraordinaria facilidad.
Aída estaba de espaldas a Fred y éste, por estar tendido en el suelo no pudo ver lo ocurrido. Lo sospechó cuando vio que el rostro de Iván se contraía en una agónica mueca mientras retiraba deprisa la mano del cuerpo de Aída, como si le quemara; sin el arma en ella. Tuvo la certeza cuando Aída tosió y a cada tos vio cómo salpicaba pequeñas gotas de sangre en la cara de un Iván que permanecía  inmóvil, como en estado de shock. Y ya la realidad se le mostró irrefutable cuando Aída cayó de espaldas a su lado, con el cuchillo clavado en su pecho. Muerta.
En un segundo se le vinieron a la cabeza todas las imágenes. Todos los pensamientos adquirieron en su mente una absoluta nitidez. Allí estaba cuando vio por primera vez a Aída, tan asustada, tan animalillo indefenso. Vio a Tomás bebiendo. A Toni riendo. A su madre sufriendo. Y a su padre muerto. Oyó el tango que había sonado durante todos los hechos. Pensó en que su padre no les dejó una música de tango para recordarlo, pero que él lo ayudó a preparar la coreografía de su fin. Y pensó que desde que conoció a Aída sus vidas sólo habían sido eso: un baile, una larga coreografía en la que habían dado vueltas y más vueltas; en la que habían bailado boleros y tangos, y valses; un baile que había sido dulce y amargo, y terrible, y cruel, y precioso... Pensó en cómo Aída le habló de la muerte de sus padres. En cómo Aída, cada vez que lo miraba, le decía cuánto lo amaba. Con aquella mirada… En cómo le hablaba. Siempre tan dulce. Incluso en el sufrimiento. Pero eran sus suertes dos grandes nubes negras que se juntaron y que sólo podían dar lugar a una gran tormenta. Recordó las intenciones que traía Aída cuando trajo el cuchillo. Había ido a matarlo y, si no hubiera podido conseguir su objetivo, se hubiera matado ella; se lo había confesado nostálgica aquella misma noche. Era lo único que había cambiado en la coreografía, el orden, quién llevaba a quién. Pues primero había caído ella.
Fred se tentó entre las costillas buscando la hendidura que lleva directo al corazón. Que lo mata. Dejó un dedo como señal allí y con la otra mano retiró suavemente el cuchillo del cuerpo de Aída, para no hacerle daño.
-Ahora nos vemos amor mío...,
...amor.
Pensaba en su madre cuando recibiera la descarga. La estaba matando a ella también.
Pensó otra vez en Aída cuando ya se iba.
Y pensó en cómo serían las cosas ahora, cuando se volvieran a encontrar.


FIN

              Dios no puede añadir nada a la felicidad de los que se aman,
              más que la duración sin fin.
              Después de una vida de amor,
              una eternidad de amor  es un aumento.
                  Víctor Hugo
                  “Los miserables”





FIN DE LA NOVELA